En mi familia, como en muchas otras, tenemos un talento natural para fingir que nada sucedió. Hace unas semanas mi mamá me interrogó, a mis 27 años, sobre anticonceptivos y seis pruebas de embarazo que se me había olvidado tirar (porque mi madre, como cualquiera que se precie de serlo, ocupa el par de días de la semana que me ve para registrarme con talento que envidiaría cualquier agencia de investigación). Eso me lo dijo un día, le di la vuelta, y no lo ha vuelto a mencionar. Ni lo hará.
Nuestra habilidad genética no es característica familiar, es como naturaleza humana ¿no? Fingir que nada pasó, fingir que no ves. Es como pretender que no le cachaste a tu hijo adolescente la cajetilla de cigarros, o hacerte la tonta cuando se agacha a recoger la servilleta del restaurante y se le cae el anillo del pantalón.
Bien dicen las abues que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Vamos, no preguntes lo que no quieres saber, no busques lo que no quieres encontrar. La ignorancia es una bendición, entre otros cientos de frases ya desgastadas en cuentos morales.
Hasta que quieres, hasta que necesitas con N de Nuncajamás saber. Porque estás agotado, porque digamos que la tranquilidad mental nunca ha sido gratuita, y muchas veces trae como impuesto que te tiene que doler. Y es que si no lo preguntas es porque sabes que no te va a agradar la respuesta (obviamente).
En muchas ocasiones es hasta que te picas los ojos al punto del desangramiento existencial que tomas aire, y lo preguntas, y te contestan. Lo malo de las respuestas, es que generalmente conllevan necesarias acciones. Lo bueno, es que son digamos... definitivas. Porque si te lo están diciendo, ya necesitarías arrancarte parte del cerebro para poder seguir haciéndote la loca.
Soy de las que prefieren saber, siempre es mejor, terminar de clavarte la estaca enmedio de la frente, y es que esa sí, aunque no la veas, la tienes que sentir.